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Las empresas “afectivas” son las más “efectivas”

6/9/2017

Publicación de: Estrategias y NegociosFecha de publicación: 2016-02-26

Si la integración entre la emoción y la cognición se produce de manera correcta, entonces los sentimientos se encaminan en la dirección adecuada, y nos llevan al lugar apropiado para la toma de decisiones racionales. Este es el desafío del management en el nuevo siglo.

Por: Alicia Pomares *

¿Imaginas una empresa de mediados del siglo XX preocupándose por la felicidad de sus empleados? ¿Debatiendo en el comité de dirección como conseguir arrancar pasión en sus colaboradores, intentando que se ilusionen por sus proyectos, aconsejando aquello de sé tú mismo, expresa tus emociones? ¿La imagináis planificando una estrategia de ‘gamificación’ para sus trabajadores con el objetivo de generar compromiso?

Aquellos comités de dirección cuya máxima era “al trabajo se viene llorado y motivado, deja tus sentimientos en casa”. ¿Quién era capaz de dejar sus emociones en el cajón de la cómoda y salir de casa sin ellas, como si de la corbata se tratara?

Eran tiempos en los que nos adiestraban para que fuéramos “fuertes”, nos enseñaban que el sentimentalismo era propio de personas débiles, inmaduras, con déficit de autocontrol. En nuestro imaginario colectivo las emociones pertenecían al ámbito de lo femenino. En esta sociedad de las “buenas maneras” y el control social han hecho de nosotros auténticos expertos de las apariencias.

Hemos pasado de la era del racionalismo (S.XX ) a la era de las emociones (S.XXI ) casi sin pestañear.

El siglo XX ha sido el siglo del racionalismo. En este sentido durante este tiempo se ha creído que las decisiones se tomaban exclusivamente en términos de racionalidad sin que las emociones intervinieran en el proceso. Hasta hace poco tiempo, las emociones han quedado circunscritas dentro del ámbito de la investigación.

Hacia finales del siglo XX el doctor Antonio Damasio propuso un cambio esencial en esta concepción: “La cognición y las emociones no sólo están estrechamente entrelazadas, sino que además, la emoción es el primer mecanismo para la racionalidad. Si la integración entre la emoción y la cognición se produce de manera correcta, entonces los sentimientos se encaminan en la dirección adecuada, y nos llevan al lugar apropiado para la toma de decisiones racionales, donde podemos dar un buen uso a los instrumentos de la lógica” (Damasio, 2003).

Del afecto al efecto

Si una empresa es afectiva es más fácil que pueda ser una empresa efectiva.

En la era de las emociones va ganando terreno la convicción de que vivir las emociones es un elemento insustituible en la maduración personal y en el desarrollo de la inteligencia.

Hemos aprendido que los sentimientos y emociones son necesarios en nuestras organizaciones, la transformación cultural, la creatividad, la innovación requieren de altas dosis de emociones.Las organizaciones, las sociedades serán innovadoras en la medida en que lo sean las personas que las conforman, y su principal cometido es generar la cultura y condiciones de entorno que favorezcan la creatividad, el riesgo, la cooperación, el trabajo en equipo, es decir, la pasión por crear valor y hacer cosas nuevas.

En este nuevo contexto, el aprendizaje y el desarrollo de competencias socio-emocionales pueden contribuir al avance en cada uno de los mencionados niveles, aportando conceptos y herramientas que expandan la dimensión emocional.

Las emociones, esas grandes desconocidas, adquieren un papel protagonista en aspectos fundamentales para la innovación: el conocimiento, la toma de decisiones y la gestión del cambio.

Sabemos que los líderes actuales, los que consiguen transformar organizaciones, son grandes gestores de emociones capaces de mantener el compromiso de sus empleados. Y lo más importante, que las emociones se contagian, tanto las positivas como las negativas y que un líder puede conseguir contaminar a toda una empresa con sus emociones negativas o conseguir un clima positivo y productivo, orientado a objetivos.

Una organización, como un todo, puede llegar a sentir una emoción determinada, en función de sus líderes (personas que ejercen influencia en la misma).

Por ello, hemos empezado a preocuparnos por los sentimientos de nuestros empleados, a medir sus sentimientos con herramientas 2.0 como puede ser el análisis semántico de redes sociales, o el Check-in de los sentimientos de los empleados para obtener mapas de emociones en el lugar de trabajo, o el ‘Termómetro de la felicidad’ que utilizan en Infojobs, por poner algunos ejemplos.

Estamos aprendiendo que expresar nuestras emociones no es tan malo, que no siempre hay que controlarlas, sobre todo si son positivas.

Emoción colectivaLas empresas son cada vez más sociales, que incorporan redes sociales colaborativas. Sabemos que las redes sociales potencian las emociones, los sentimientos, facilitan el contagio a través de los influencers, y por tanto, las empresas son más propensas a conectarse con una emoción determinada.

Pero ¿Se puede llegar a conseguir una emoción colectiva? Algo así como lo que ocurre en algún partido de fútbol importante, todos apoyando al equipo y al objetivo con pasión.

Igual que ocurre con la inteligencia colectiva, las redes sociales nos pueden ayudar a conseguir una emoción determinada, una organización que sienta en positivo, una organización que utilice sus emociones como motor de acción, de cambio, de innovación. Una emoción que nos lleve a luchar por el bien común.

¿Pero cómo conseguir una emoción colectiva que implique pasión, ilusión, confianza, generosidad, altruismo, compasión si todavía muchas de nuestras grandes y pequeñas organizaciones (bueno las que quedan) reina la ley de la jungla, la ley del más fuerte? Este será uno de los grandes retos de RRHH de este siglo.

* Socia de Humannova

Artículo publicado en el blog Serendipia

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